Hiperrealismo en Dibujos y Pinturas

El realismo y el hiperrealismo siempre han representado un gran reto para mí, y quiero suponer que también lo han sido para otros artistas que practican estas disciplinas. Este reto va mucho más allá de satisfacer nuestro ego, como algunos piensan, o de una simple necesidad de demostrar superioridad sobre los demás. Para mí, representa una búsqueda interna que me permite conocer y explorar mis propios límites, técnicamente hablando.

A través de su práctica también he comprendido la enorme importancia que tienen el estudio, el conocimiento y los años de ejercicio constante para cualquier artista que aspire a dominar su oficio.

Sin duda, el hiperrealismo es una corriente artística que disfruto mucho. Como ya mencioné, me ayuda a conocer mis límites y me permite ampliar constantemente mis conocimientos técnicos en el dibujo y la pintura. Sin embargo, a pesar de lo mucho que me gusta, no siempre recurro a este estilo. Lo utilizo únicamente en casos muy específicos y, sobre todo, cuando realizo determinados trabajos por encargo.

Es especialmente en los retratos donde procuro ser más preciso. Considero que cuando alguien confía en mí para realizar un retrato, deposita también ciertas expectativas: espera recibir una obra de calidad, cuidadosamente ejecutada y llena de detalles que hagan justicia a la persona representada.

El placer de hacer bien las cosas

No es ningún misterio —aunque a veces muchos prefieren ignorarlo— que quien quiera dedicarse seriamente a la pintura debe comenzar por aprender a dibujar. Después vendrán el conocimiento del color, la mezcla de pigmentos, la aplicación de la pintura y todos aquellos recursos necesarios para convertirse en un buen pintor.

Pero aprender no es suficiente. Después viene lo más importante: practicar, practicar y practicar. Solo de esta manera podremos, con el tiempo, dominar nuestra técnica y encontrar aquello que finalmente habrá de definir nuestro propio estilo.

Por este motivo, si alguien desea aprender a pintar o dibujar, yo le recomendaría practicar el realismo y el hiperrealismo, aunque no tenga la intención de dedicarse por completo a estos estilos. Estoy convencido de que sus futuras obras serán las grandes beneficiadas de todo lo aprendido durante ese proceso.

Llegará entonces un momento en el que tu trabajo ya no necesitará palabras, argumentos ni explicaciones para sustentar su valor artístico. Cuando eso suceda, probablemente habrás comenzado a comprender lo que significa el placer de hacer bien las cosas.

Un verdadero artista tampoco necesita estar presente para que su obra adquiera sentido o razón de ser. Cuando una obra ha sido creada con suficiente fuerza y conocimiento, puede tomar vida propia y establecer un diálogo con quien la observa, sin necesidad de un intérprete que explique lo que el artista quiso decir.

Ser verdaderamente profesional en aquello que hacemos no es perjudicial para nadie; todo lo contrario. A cualquier persona puede maravillarle una pintura ejecutada con maestría, independientemente del movimiento o corriente al que pertenezca.

Porque, al final, siempre será posible reconocer aquello que fue realizado con conocimiento, disciplina y oficio, y no simplemente porque alguien decidió derramar un bote de pintura sobre el tapete de su sala y, después de contemplarlo unos minutos, tuvo la genial idea de firmarlo y llevarlo a una galería.

Revalorar el Realismo y el Hiperrealismo

Ocasionalmente escucho o leo comentarios de personas que, sin tener un conocimiento profundo del arte, se refieren al hiperrealismo como una disciplina carente del valor creativo que se concede a otros estilos dentro de la pintura figurativa.

Para algunas de estas personas resulta muy fácil afirmar que una obra hiperrealista no es más que una simple "copia" y que cualquier persona, con la capacitación o el entrenamiento adecuados, podría realizar algo semejante.

Sin embargo, considero que esta apreciación parte de una visión demasiado superficial del proceso artístico.

El talento no se obtiene simplemente mediante entrenamiento. El conocimiento y la técnica pueden estudiarse y desarrollarse; la sensibilidad, la capacidad de observación, la disciplina y determinadas aptitudes personales forman parte de algo mucho más complejo.

Cuando escucho comentarios de este tipo, más que molestarme, me hacen sonreír. Comprendo que, probablemente, quien los expresa desconoce todo lo que existe detrás de una obra de estas características.

Solo quien ha intentado llevar el dibujo o la pintura hasta sus límites puede comprender verdaderamente el enorme trabajo que representa. Una obra hiperrealista puede requerir cientos de horas de trabajo, además de un profundo conocimiento de las técnicas de dibujo, pintura, composición, luz, color, anatomía y perspectiva.

Existen cientos de miles de artistas en el mundo, pero son relativamente pocos quienes consiguen profundizar lo suficiente en el conocimiento del dibujo y la pintura como para alcanzar un dominio técnico extraordinario y, con la aparente sencillez de un lápiz o un pincel, crear algo verdaderamente maravilloso.

Si alguien tiene dudas, basta con observar lo que sucede en las redes sociales. Muchas veces, los grandes maestros reciben una cantidad extraordinaria de comentarios y reconocimiento provenientes de otros artistas. Y esto no es casualidad.

Un artista que conoce las dificultades de su oficio puede reconocer en el trabajo de otro aquello que para un espectador inexperto puede pasar completamente desapercibido.

La maestría suele ser reconocida precisamente por quienes saben, por experiencia propia, lo que verdaderamente hay detrás de una obra de ese calibre.

¿Y qué hay de otros movimientos en la pintura?

Por supuesto, en la pintura no existe únicamente el realismo. No podemos negar la enorme riqueza de otras corrientes, estilos y formas de expresión artística que han surgido a lo largo de la historia.

Sin embargo, hay algo con lo que definitivamente no estoy de acuerdo: la constante lucha de argumentos —en muchas ocasiones sin fundamento— que intenta desacreditar un movimiento artístico en favor de otro, llegando incluso a atacar a los artistas que los practican.

Pienso que nada de eso es necesario.

En lugar de dedicar nuestro tiempo a descalificarnos unos a otros, deberíamos concentrarnos en enriquecer el arte mediante nuevas creaciones. Obras realizadas por artistas preparados, con talento genuino, disciplina y una verdadera necesidad de crear; artistas que entiendan su oficio y que tengan algo que aportar.

También considero importante mantener una mirada crítica hacia un mercado que, en ocasiones, puede llegar a utilizar mecanismos cuestionables para inflar artificialmente el valor de determinadas obras o convertir en figuras relevantes a personas cuya trayectoria artística quizá no corresponda con la dimensión de su reconocimiento.

Pero esto tampoco significa que debamos culpar a un movimiento artístico por todo lo que sucede actualmente en el mundo del arte o en las galerías.

En todas las épocas han existido buenos y malos artistas. Es imposible que todos posean las mismas habilidades, creatividad, disciplina, constancia, sensibilidad o inteligencia. Y quizá precisamente ahí se encuentre una de las mayores riquezas del arte: en su diversidad.

En esa diversidad podemos encontrar tanto la riqueza como la pobreza de una disciplina. Cada artista tiene, finalmente, el derecho de decidir qué camino desea seguir, qué quiere aprender y hasta dónde está dispuesto a llevar su propio trabajo.

Lo importante, al menos desde mi punto de vista, es no olvidar que detrás de cualquier obra verdaderamente valiosa existe algo que no puede improvisarse: años de aprendizaje, observación, práctica, disciplina y pasión por hacer bien las cosas.

Y quizá esa sea, después de todo, una de las mayores satisfacciones que puede experimentar un artista: llegar a un punto en el que ya no necesita demostrar nada a nadie, porque su propia obra es capaz de hablar por él.

Ese es, para mí, el verdadero placer de hacer bien las cosas.

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