¿Por qué no todos los artistas comparten sus conocimientos?

Existe una pregunta que en algún momento probablemente nos hemos hecho quienes seguimos el trabajo de otros artistas:

¿Por qué algunos artistas comparten generosamente lo que saben, mientras otros parecen guardar celosamente cada uno de sus conocimientos?

No me refiero solamente a quienes venden cursos o imparten clases. Hablo también de algo mucho más sencillo: responder una pregunta, explicar cómo resolvieron determinado problema, compartir un consejo o contar qué materiales, procedimientos o experiencias les han ayudado a mejorar.

Por supuesto, cada artista tiene derecho a decidir qué comparte y qué no. El conocimiento adquirido durante años de trabajo tiene un valor, y convertir la experiencia en una fuente de ingresos mediante cursos, talleres, asesorías o clases es completamente legítimo.

Pero hay algo que me llama la atención.

¿Por qué a veces sentimos que compartir lo que sabemos significa perder algo?

Creo que existen varias razones.

Lo que nos ha costado años aprender

Aprender a dibujar o pintar no es un proceso rápido. Detrás de una buena obra pueden existir años de práctica, errores, experimentación, frustraciones, investigación, observación y cientos —quizá miles— de horas frente a una hoja o un lienzo.

Muchas veces el artista tuvo que descubrir las cosas por sí mismo.

  • Probó materiales que no funcionaron.
  • Repitió ejercicios.
  • Estudió a otros artistas.
  • Investigó técnicas.
  • Cometió errores.
  • Desarrolló procedimientos propios.

Y después de todo ese esfuerzo puede aparecer una sensación perfectamente comprensible:

“A mí me costó años descubrir esto. ¿Por qué habría de explicárselo gratuitamente a alguien más?”

Entiendo perfectamente ese sentimiento. Sin embargo, creo que aquí debemos distinguir entre regalar el resultado de nuestro trabajo y compartir una parte de nuestra experiencia. No son necesariamente lo mismo.

Podemos enseñar algo que nos costó años aprender sin que eso signifique entregar nuestra obra, nuestro estilo, nuestra trayectoria o todo aquello que nos hace diferentes. De hecho, muchas de las cosas que hoy consideramos conocimientos básicos en el arte existen precisamente porque otros artistas decidieron compartirlas.

¿Y si me copian?

Quizá uno de los mayores temores sea este: “Si explico cómo hago las cosas, alguien puede copiarme.”

Y sí, es posible. Alguien puede copiar una técnica. Puede imitar una pincelada. Puede aprender una manera de preparar una superficie. Puede reproducir una determinada mezcla de colores. Incluso puede intentar imitar el aspecto de una obra.

Pero existe una diferencia enorme entre copiar una técnica y poseer la sensibilidad de quien la desarrolló. La técnica puede enseñarse. La experiencia puede transmitirse. Los procedimientos pueden explicarse. Pero la manera en que cada artista observa el mundo es mucho más difícil de transmitir. Dos personas pueden recibir exactamente la misma enseñanza y terminar produciendo resultados completamente diferentes.

¿Por qué?

Porque cada una tiene una historia, una sensibilidad, unas referencias, unas obsesiones, una manera de interpretar lo que observa y una capacidad creativa distinta. Por eso considero un error pensar que enseñar una técnica necesariamente significa crear un competidor.

El conocimiento no es lo mismo que el talento

También podemos caer en una confusión: pensar que aquello que sabemos hacer es exactamente lo que somos como artistas.

Un artista puede llegar a asociar demasiado su identidad con determinados conocimientos técnicos.

“Yo sé hacer esto y los demás no.”

“Yo conozco este procedimiento.”

“Yo descubrí esta manera de conseguir este resultado.”

Y entonces aparece el miedo a que alguien más aprenda lo mismo. Pero saber utilizar una técnica no convierte automáticamente a alguien en un gran artista. La técnica es una herramienta. Puede ser extraordinariamente importante, por supuesto. Sin conocimientos técnicos muchas ideas pueden resultar difíciles de llevar a cabo.

Pero la técnica por sí sola no determina qué tiene que decir un artista. Podemos enseñar a alguien a dibujar correctamente un rostro. Eso no significa que podamos enseñarle qué rostro debe pintar. Podemos explicarle cómo mezclar determinados colores. Eso no significa que podamos darle una visión personal del color. Podemos enseñarle a representar fielmente una figura. Pero no podemos enseñarle qué quiere expresar con ella. Ahí comienza a aparecer algo que considero mucho más importante: la creatividad.

¿Compartir conocimiento significa perder trabajo?

Otra preocupación bastante comprensible es la competencia. “Si enseño lo que sé, habrá más personas capaces de hacer lo mismo y quizá me quitarán clientes.” Pero nuevamente debemos preguntarnos si el cliente realmente está comprando solamente una técnica.

Cuando alguien encarga un retrato a un artista, no está comprando únicamente la capacidad de colocar pintura sobre una superficie. Está eligiendo una determinada manera de interpretar su imagen. Está eligiendo una sensibilidad, una estética, una trayectoria, una personalidad artística, una forma de resolver la obra. Y, finalmente, está eligiendo la obra de ese artista.

Si bastara con conocer una técnica para reemplazar a cualquier artista, entonces todos los pintores que conocen la misma técnica producirían exactamente las mismas obras. Y evidentemente no sucede así. Un conocimiento compartido puede aumentar el número de personas capaces de utilizar una herramienta, pero no elimina la individualidad de quien la utiliza.

Enseñar también puede ser una forma de ganarse la vida

Aquí creo que debemos ser justos con el artista. Si alguien ha dedicado veinte años de su vida a desarrollar una metodología y decide convertir esa experiencia en un curso, no veo ningún problema en ello.

Al contrario. Su conocimiento tiene un valor y es razonable que cobre por su tiempo, experiencia y capacidad para enseñar. La enseñanza puede convertirse en una segunda actividad profesional para un artista y permitirle diversificar sus ingresos.

Eso puede ser especialmente importante en una profesión en la que los ingresos por venta de obra o encargos pueden ser irregulares. Pero creo que existe una diferencia entre cobrar por enseñar y negarse sistemáticamente a compartir cualquier conocimiento. No es necesario convertir cada respuesta en una clase gratuita. Pero tampoco creo que sea necesario esconder cada pequeño descubrimiento como si se tratara de un secreto de Estado.

A veces una persona simplemente pregunta:

“¿Cómo conseguiste ese efecto?”

“¿Qué material utilizaste?”

“¿Cómo resolviste esa parte?”

Y responder con un pequeño consejo puede ser suficiente. Quizá para nosotros sea algo que hemos aprendido hace muchos años. Para quien pregunta puede representar el comienzo de un camino.

El gran secreto de la pintura

También existe, en mi opinión, otra postura más difícil de justificar: la creencia de que existe un gran secreto que solamente uno conoce.

El secreto definitivo de la pintura, la mezcla que nadie más conoce, el procedimiento que supuestamente explica por qué una obra funciona, la técnica que convierte automáticamente a quien la aprende en un gran artista.

Me parece que el arte es demasiado complejo para reducirlo a una fórmula secreta. A lo largo de la historia, los grandes maestros han desarrollado procedimientos extraordinarios. Algunos fueron muy cuidadosos con sus métodos y otros dejaron una enorme cantidad de información para las generaciones posteriores.

Pero incluso cuando conocemos cómo trabajaba un maestro, eso no significa que podamos convertirnos en él. Podemos estudiar a Velázquez, a Rembrandt, a Bouguereau. Podemos analizar sus obras, sus materiales, sus procedimientos y sus decisiones. Pero ninguno de nosotros puede convertirse en ellos. Y eso es precisamente lo interesante.

Lo que realmente no se puede enseñar

Podemos enseñar proporción. Podemos enseñar perspectiva. Podemos enseñar teoría del color. Podemos enseñar anatomía. Podemos enseñar preparación de materiales. Podemos explicar cómo construir una figura, cómo observar una referencia o cómo controlar determinados efectos de luz.

Pero hay algo que resulta mucho más difícil de enseñar: la mirada.

Podemos ayudar a alguien a mejorar su capacidad de observación, pero no podemos entregarle nuestra manera particular de ver el mundo. Podemos explicar cómo pintar un rostro, pero no podemos darle nuestras emociones, nuestros recuerdos y nuestras experiencias. Podemos mostrar cómo utilizamos un pincel, pero no podemos transferirle nuestra sensibilidad.

Y mucho menos podemos entregarle aquello que quizá sea lo más valioso de un artista:

su capacidad de crear algo que antes no existía.

Si todos escondiéramos lo que sabemos...

A veces me gusta llevar este razonamiento hasta el extremo. ¿Qué habría sucedido si todos los seres humanos que descubrieron algo hubieran decidido no compartirlo? Si el conocimiento de una generación desapareciera con ella. Si cada persona tuviera que comenzar nuevamente desde cero. Si cada científico, artesano, ingeniero, médico, músico o artista decidiera guardar para sí todo aquello que había aprendido. La humanidad prácticamente no habría avanzado.

El desarrollo humano existe porque el conocimiento se acumula. Una generación aprende de la anterior, modifica lo aprendido, comete nuevos errores, descubre nuevas posibilidades y transmite nuevamente ese conocimiento. Así es como evolucionamos.

El conocimiento compartido no desaparece, se transforma. Y muchas veces quien recibe una enseñanza termina llevándola mucho más lejos de lo que imaginó quien la transmitió.

Compartir no significa dejar de evolucionar

Existe otro temor: “Si todos saben lo mismo, ¿qué me quedará por descubrir?” Creo que ocurre exactamente lo contrario. Cuando compartimos conocimiento, también creamos un punto de partida para seguir avanzando. 

Si enseñamos una técnica y alguien la utiliza para desarrollar otra, quizá esa nueva solución termine enseñándonos algo a nosotros. El conocimiento no necesariamente se reduce cuando se comparte.

Puede multiplicarse.

Y quizá esta sea una de las cosas más hermosas del aprendizaje. Un artista puede recibir una enseñanza de otro, modificarla, combinarla con algo que aprendió en otro lugar y finalmente desarrollar un procedimiento completamente diferente. Entonces la enseñanza original ya no pertenece solamente a quien la transmitió, se convirtió en parte de algo nuevo.

¿Y qué pasa con el estilo?

Aquí llegamos a una cuestión especialmente interesante. Algunos artistas temen que enseñar su técnica haga que otras personas copien su estilo. Pero considero que técnica y estilo tampoco son exactamente lo mismo.

El estilo no debería ser solamente una manera particular de utilizar un pincel o de mezclar pintura. El estilo aparece cuando nuestras decisiones comienzan a revelar quiénes somos. Nuestra manera de elegir temas. La composición, la luz, los personajes, los colores, la atmósfera, las proporciones.

Aquello que decidimos mostrar y aquello que decidimos omitir. Incluso nuestras obsesiones y nuestras preguntas personales. Todo eso termina formando una identidad. Por eso, aunque alguien pueda aprender nuestra técnica, no necesariamente puede aprender nuestra identidad artística. Puede aprender cómo hacemos algo. Pero no necesariamente por qué queremos hacerlo.

El conocimiento es una herramienta, no el artista

Para mí, aquí está la diferencia fundamental. La técnica es importante, muy importante de hecho. Nos permite llevar una idea desde nuestra mente hasta una superficie. Pero la técnica sigue siendo una herramienta.

El verdadero desafío del artista comienza cuando tiene que decidir qué hacer con esa herramienta. Un lápiz extraordinariamente bien utilizado no garantiza una gran obra. Un pincel perfectamente controlado tampoco. Una paleta de colores magnífica no garantiza una pintura memorable.

Todo eso está al servicio de algo más.

  • La creatividad.
  • La sensibilidad.
  • La capacidad de observar.
  • La imaginación.
  • La capacidad de tomar decisiones.
  • Y, finalmente, la capacidad de crear.

Por eso pienso que un artista no debería tener tanto miedo de compartir sus conocimientos. Si alguien aprende a utilizar mejor un lápiz gracias a un consejo nuestro, eso no disminuye nuestra capacidad para dibujar. Si alguien aprende a mezclar mejor los colores gracias a nosotros, no desaparece nuestra propia obra.

Y si alguien consigue pintar mejor porque compartimos una experiencia, quizá lo que estamos haciendo sea mucho más importante que proteger un pequeño secreto. Estamos contribuyendo a que alguien más pueda avanzar.

Compartir también es dejar algo de nosotros

Después de tantos años de aprendizaje, quizá una de las mejores maneras de devolver algo al arte sea precisamente compartir lo que hemos aprendido. No necesariamente todo. No necesariamente gratis. No necesariamente de la misma manera. Cada artista puede decidir cuánto, cómo y cuándo enseñar. Pero creo que existe una diferencia entre darle valor a nuestro conocimiento y esconderlo por miedo.

Podemos cobrar por nuestro trabajo y al mismo tiempo ser generosos. Podemos proteger nuestras obras y compartir nuestras experiencias. Podemos tener una metodología propia y explicar algunos de sus principios. Y podemos seguir siendo competitivos sin convertir el conocimiento en una propiedad que debe permanecer oculta.

Porque al final, lo que verdaderamente distingue a un artista no es solamente lo que sabe hacer. Es lo que hace con aquello que sabe. La técnica puede aprenderse. Los procedimientos pueden enseñarse. Los materiales pueden compartirse. Los conocimientos pueden transmitirse. Pero la creatividad, la sensibilidad y la visión personal de cada artista pertenecen a un territorio mucho más profundo.

Por eso, personalmente, prefiero pensar que compartir conocimiento no nos quita valor. Nos permite formar parte de algo que comenzó mucho antes que nosotros y que, idealmente, continuará después de nosotros.

Cada artista que enseña algo está dejando una pequeña huella en quienes vienen detrás. Y quizá algún día alguno de ellos utilice aquello que aprendió de nosotros para crear algo que nosotros jamás habríamos imaginado.

Si eso ocurre, no habremos perdido nuestro conocimiento.

Habremos conseguido que continúe viviendo.